Pintura de Rafael Morales, tomada de artesanosdevenezuela.blogspot.com.

El Código Visual del Arte Popular


Roberto Echeto

Por Roberto Echeto

Definir al arte popular es una tarea difícil. Digamos que su presencia impone una revisión de nuestras maneras de asumir el hecho artístico, de cuestionar los propios prejuicios estéticos, morales, culturales y económicos -a favor y en contra- que sobre el propio arte popular ha sembrado la tradición. Así, a simple vista, hablamos de algo que hace el pueblo para expresarse y para fortalecer, de paso, su propia identidad. Sin embargo, y a pesar de que esta afirmación satisfaga a unos cuantos, no hay que olvidar que los términos que la forman se caracterizan por su carácter volátil y por parecer verdades absolutas sobre las que no se debe pensar demasiado. Esto, sin duda, es peligroso en la medida en que no cuestionemos este fenómeno estético de la misma manera como cuestionamos otras formas de expresión. Decir que el arte popular es apenas un arte del pueblo para el pueblo es encerrarse injustificadamente en un lugar común; es no querer ver su complejidad.

El problema se nos presenta al tratar de definir un conjunto de fenómenos estéticos apodado por algunos «arte ingenuo», «naif», «primitivo» o «ínsito», y que nosotros hemos convenido en llamar «arte popular». Llámese como se llame, hablamos de un hecho en el que participan muchas personas creando obras que tienen características similares, de las que se puede extraer algunos principios que enriquezcan el análisis crítico y el corpus del arte en general. Esas características sobrepasan las bondades de cualquier definición populista, creando una manera de representar el mundo. Veamos.

1 – La representación realista y simbólica

Casi todas las obras populares se caracterizan por un tipo de representación que combina dos elementos aparentemente contradictorios: por un lado, nos muestran un afán por representar la realidad en todo su esplendor y detalle, y por otro la confección formal de estas piezas (lo sintético del dibujo, el uso del color y el modelado de las figuras) deja un espacio abierto para que lo que más pese en la representación sea lo invisible, sea el significado, la carga simbólica, y hasta convencional, conocida y compartida por todos. De ahí que el arte popular venezolano busque buena parte de sus temas en la interpretación de la religión, de la historia y de las costumbres cotidianas. Las formas están consustanciadas con los temas, con las anécdotas, con eso intangible que despierta el estar en contacto con algo que por nada del mundo le es ajeno al artista, a la comunidad que lo rodea y a nosotros como espectadores.

Con cada pieza popular se subraya uno de los fines del arte: representar lo invisible, lo ausente, eso que es imprescindible y que en apariencia no está ni aquí ni ahora: llámenlo memoria, tradición, cultura o como deseen.

2 – Las formas modelan la devoción

Por ese carácter simbólico, cada obra de arte popular tiene, en mayor o menor medida, visos de sacralidad. La imagen se hace sagrada en la medida en que lo representado sea objeto de veneración o, al menos, un objeto lo suficientemente significativo como para ser digno de recordarse a través de una talla o de una pintura. A partir de esta operación creadora, la obra de arte se convierte en una plataforma que le sirve al espectador para entrar en contacto con un red de contenidos valorados por una comunidad. De ahí la proliferación de imágenes religiosas como los múltiples retratos del Dr. José Gregorio Hernández, de iconos patrios como la imaginería dedicada al Libertador, de representaciones de la naturaleza o de espacios urbanos ideales. En el arte popular la imagen se vuelve una manifestación de lo sagrado en tanto le da al público la oportunidad de entrar en contacto con un discurso repleto de valores, héroes, historias, creencias, mitos, costumbres, usos y maneras de ver la vida que está en las raíces de la propia cultura -en este caso- venezolana, formándola y alimentándola. Hoy en día, con la proliferación tecnológica que nos rodea y con el contacto que tenemos con las cosas que suceden en otras latitudes, ese carácter sagrado de la imagen popular parece adquirir una importancia que quizás antes no tenía. Nos referimos a que la única manera de entrar a ese mundo globalizado sin desdibujarnos culturalmente es teniendo unas bases sólidas que nos permitan saber siempre quiénes somos, cómo somos y qué queremos hacer de nuestra vida personal y de nuestro destino colectivo.

Curioso resulta estudiar las obras de arte popular desde esta perspectiva y percatarnos de que la relación de la gente con sus imágenes religiosas también es estética. Una imagen de la Virgen produce más devoción en tanto (para el artista y para la comunidad) esté «mejor» realizada. De ahí que en esa estrechísima unión entre el objeto y su carga simbólica podamos intuir cierto animismo que tiñe algunas obras de un carácter que va más allá del de simples pinturas o esculturas.

3 – Frontalidad

Una de las consecuencias formales de las dos premisas anteriores es la disposición frontal de los elementos que conforman un buen número de obras de arte popular. Véanse como ejemplos las tallas de Heriberto Belandria, de María Yolanda Medina o de Rafaela Baroni, las pinturas de Manasés Rodríguez o del mismo Bárbaro
Rivas. Fácilmente podría pensarse que esa ortogonalidad es apenas producto de una falta de conocimientos por parte de los artistas o de una precariedad de medios que obliga al creador a utilizar materiales y formatos que poco se prestan al movimiento sugerido de las formas. Sin embargo, y aunque en algunos casos haya algo de verdad en esos prejuicios, el elemento de la frontalidad tiene más que ver con un asunto intelectual y con un problema de representación que con una deficiencia de oficio. Como en los mosaicos bizantinos o en los iconos rusos, en el arte popular venezolano la imagen se le aparece al espectador como si éste se encontrara delante de un espejo. Hay algo difícil de definir en esa actitud, en esa necesidad de mostrar y mostrarse cómo se es sin ocultar nada ni utilizar eufemismos gráficos que enturbien el mensaje que carga consigo la obra.

Cuando vemos un santo tallado por uno de nuestros artistas populares, no se nos está queriendo llamar la atención hacia algo distinto al propio santo ni hacia algo que no sea su propio ejemplo religioso. De ahí, de ese deseo de comunicar lo más directamente posible, nace no sólo la necesidad de un tipo de representación
frontal, sino una suerte de poesía de lo concreto, según la cual el cuadro sólo dice lo que dice, sin regodeos ni requiebros de ninguna especie.

4 – «Desdibujo», complejidad y detallismo

Por extraño que parezca, en el arte popular el interés de la obra se centra en el hecho cultural que ella misma dispara y de la que ella misma es eco. De ningún modo eso quiere decir que al artista le sea indiferente «la perfección formal» de su trabajo; al contrario: el ordenamiento de las formas modela el acto comunicativo y lo hace hasta el punto de lograr que el objeto artístico se una a su carga simbólica a pesar de que, a simple vista, no haya una resolución «académica» de los elementos formales en la obra o, más bien, a que exista una manera muy particular de resolver los problemas que el medio plástico plantea.

A pesar de tales acotaciones, resulta imposible no atender a la compleja sencillez que tienen estos trabajos; compleja sencillez pictórica, escultórica y dibujística que muchos -prejuiciosa y equivocadamente- relacionan con la calidad que tienen los paisajes y los personajes que esbozan los niños con sus creyones. En el arte popular semejante oxímoron es un sello, es casi una estética que a fuerza de desarrollarse cuadro tras cuadro, escultura tras escultura, consigue un camino propio y paralelo a la representación académica. Por eso no es de extrañarnos que en una pintura de Bárbaro Rivas, de Feliciano Carvallo o de cualquiera de nuestros grandes artistas populares convivan múltiples maneras de resolver problemas de perspectiva, proporciones, escalas y composición que a lo mejor no respondan a los cánones académicos, pero que, sin duda, esbozan una respuesta nueva y paralela a la que seguramente se puede aprender en una escuela de arte.

Otro hecho que caracteriza estas obras es la síntesis, el desdibujo de todas las figuras hasta llevarlas a un punto donde rozan lo esencial para ser reconocidas como muñecos, casas, carros… Lo interesante es que muchos de nuestros artistas logran este nivel de estilización de la forma y luego llenan su cuadro o su talla de miles de elementos que han sido también tamizados por ese proceso depurador, logrando de inmediato un efecto contrario de proliferación y abigarramiento. Ese regodeo en la minucia dice mucho del talento y del particular dominio técnico que tienen los creadores de estas obras. La razón es muy simple: los artistas, a diferencia de las demás personas, son sensibles a los detalles que nos permiten replantearnos lo cotidiano y ver el mundo desde distintos puntos de vista.

Por eso no deja de ser injusto el hecho de que a los artistas populares se les adjudique una ingenuidad y una especie de visión infantil del mundo que en verdad no tienen. Digámoslo de una vez por todas: un artista no es artista simplemente porque «sepa» dibujar.Quizás en las afirmaciones anteriores se encuentre una lectura del arte popular que contenga el germen de una subversión que cuestione todo el tiempo las reglas de la representación artística tenida por culta y racional.

5 – La mirada plana

Dos aspectos definen la imagen del arte figurativo académico: la simulación de las tres dimensiones y la coherencia de ese factor en cada uno de los elementos que en conjunto hacen la obra. En el caso del arte popular la idea del volumen se representa de maneras muy distintas a las tradicionales. Las figuras (pictóricas y escultóricas) están pensadas desde el plano, muchas veces sin la necesidad de generar el artificio del espacio tridimensional o generándolo por medio de procedimientos que distan conceptual y técnicamente de la perspectiva renacentista. Tal elemento, unido a la esquematización de las formas y al uso de colores puros,
no hace otra cosa que subrayar el carácter simbólico de las obras.

Otro dato interesante que de algún modo refuerza y amplía la concepción del plano en el arte popular tiene que ver con el uso que muchos artistas le dan a formatos cuya forma dista mucho de ser la más «cómoda» y la más cónsona con el modelo tradicional. Se trata del uso de tallos de plantas, palos de escoba, puertas y otros objetos que presentan accidentes en su propia estructura y superficie. Una obra trabajada sobre esos formatos pone al plano a funcionar dentro de la obra como algo más que un simple soporte, y con esto lo que se quiere acotar es que lo plano en el arte popular va más allá de un no saber representar el volumen con los medios que el dibujo analítico enseña. El plano, para uno de estos artistas, no es apenas un soporte; es algo más importante: es el espacio o el cuerpo que lo representado ocupa en el mundo.

6 – La reconstrucción del pasado y la cultura oral

Si la imagen popular centra sus ambiciones en dejar constancia de las costumbres, creencias y anécdotas del pueblo, entonces nada tiene de extraño que estas obras tengan cierto carácter documental. En muchos casos, una pintura o una escultura pueden reproducir y mostrar la topografía de una región, su paisaje, su ordenamiento urbanístico y arquitectónico, amén de la memoria menuda que no es oficial ni aparece en libros, pero que todo el mundo conoce y transmite en forma de cuentos y consejas. Este punto es especialmente importante porque plantea una relación pocas veces estudiada entre la imagen del arte popular y la oralidad.

El pueblo deja ver su cultura a través del habla cotidiana, de los refranes y de las frases cargadas con toda clase de connotaciones. Quizás lo que caracterice a toda esta cultura oral sea su pregnancia, su capacidad de comunicar infinidad de significados con pocos elementos verbales, y también su fuerza a la hora de generar en el oyente imágenes mentales capaces de quedársele prendadas en el oído hasta formar parte de la propia manera de ser. Curioso es que estas mismas características aparezcan en el arte popular adaptadas a su naturaleza icónica. De ahí que en estas obras haya un uso narrativo de las formas cercano al cómic, una superposición de planos y una tendencia a hacer convivir sin rupturas, y de manera natural, el texto y la imagen. En beneficio nuestro, semejante posibilidad abre un terreno para investigaciones futuras en las que se tomen en cuenta las relaciones entre el arte popular y otras artes como la danza, el humor, el teatro, las festividades religiosas y las manifestaciones estéticas espontáneas que se dan en espacios que tradicionalmente no son considerados artísticos. Nos referimos a los murales urbanos, a la estética del decorativismo abigarrado que se da (por ejemplo) en las etiquetas que adornan el transporte público, en el manierismo sentimental que existe en géneros audiovisuales como la telenovela y los concursos de belleza, en la modulación de voz y en la manera de presentar los mensajes noticiosos que tienen las radios populares, la publicidad y hasta la misma prensa escrita. El estudio de estas relaciones se nos presenta como un espacio sumamente fértil no sólo para el análisis que interese a las bellas artes, sino para obtener conclusiones que nos ayuden a entendernos y a congraciarnos con nuestra propia identidad.

7 – Diversidad temática, diversidad cultural

Hay cuadros de pintores populares que representan un paisaje urbano en el que el punto de vista permite una visión panorámica de múltiples escenas que ocurren simultáneamente en el espacio de la propia obra. Traemos a colación ese ejemplo porque de algún modo resume la complejidad del arte popular venezolano.

Lejos de lo que pueda pensarse, hoy nuestros artistas no tienen una visión única de la vida; ya no ven las cosas desde una mirada rural o desde una mirada estrictamente «venezolana». La razón es que, como cualquier ciudadano de este país mestizo y mezclado por todas partes, los artistas populares tienen contacto
con gente de otras latitudes y con otras culturas a través de la radio, del cine o del televisor omnipresente. En el arte popular parecen caber todos los temas, todas las reflexiones, todos los materiales. Su presencia es incómoda por eso y porque no es tan ligera como parece. El arte popular es un código visual; es una manera muy compleja (y disfrazada de simpleza) de representar la realidad.

Para desentrañar el enigma que nos ofrece el arte popular, tal vez haya que aceptar de una vez por todas que el pensamiento racional no es la única vía para acercarnos al arte y a los fenómenos del mundo. El saber técnico y conceptual de los artistas populares está escondido detrás de cientos de anécdotas en las que se entremezclan la realidad, la ficción, la fe, la exuberancia verbal e imaginativa, la carnalidad, las circunstancias del entorno y la propia vida del creador. Incluir dentro de nuestros análisis estas variantes que pertenecen -si existe el término- a una inteligencia intuitiva, nos permitirán ampliar nuestra mirada y acercarnos a las obras con menos ruidos intelectuales. Hacer ese ejercicio puede ser provechoso para aligerarnos la vida y para tener presente siempre que en las cosas más sencillas también puede haber profundidad, rigor, religiosidad. Es sólo cuestión de saberlas ver y valorar.

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