Graffiti y foto por 45.

La ley de 45. Un relato ficcionado


45 – Seudónimo
Redactor creativo

Las gotas azul lila aero color que se deslizan por la pared, el dedo no puede detener su recorrido descendente, así como no pudo detener el primer chorreado de spray que disparado contra la pared sin una técnica adecuada falló el objetivo de convertir un pseudónimo en lo único sobre las paredes de la ciudad que te odia y niega todos los días.

El futuro está negado cuando te montas en una pared del monstruo de brazos planos, el pulpo que tiene a las brujas y los gallos, los conejos, los gallinas y las ratas a toda velocidad en ataúdes de acero y caucho. Todo es como un sueño con olor a acrílico, una firma torcida que desfigura la estética de un mural “bien pensado” por otros. Que se jodan, yo quiero poner un conejo de mierda sobre la cara de unos diablos de yare todos pendejos de la vida. Caminando con una banda de muchachitos sin alma, contra los carros que te observan como si fueses un indigente en sus inicios, esos que todavía no han sido violados y que la piedra no les ha volado todos los dientes.

La bestia de millones de tentáculos ruge, el piso tiembla y quiero lanzarme al vacío de la pintura, quiero que todos sepan que ahí se montó un güevón y que le jodió los planes a otro, que mis colores valen tanto como los de otro. Aunque haya sido negado mas veces que cristo me van a ver. El dispensador en la punta de la lata me pide que lo apriete como el botón del Apocalipsis, es el detonante, la lata empieza a escurrir y cagarme el trabajo que llevaba haciendo con rodillo la última media hora. A meterle mano, me mancho los dedos de azul lila, me cago las manos pero termino el conejo.

Caminando hacia el apartamento, con la autoestima de un campeón de peso pesado y la apariencia de un peso mosca derrotado. Todo es el recuerdo de la pintura y la satisfacción de haberme montado a mil metros sobre nivel del mar y pintar un conejo para que alguien lo vea y diga: coño estos corajitos están locos, jajaja, que se jodan. Yo también existo, aunque les duela.

La felicidad y la sensación pugilística surrealista se esfuma como una mujer bella mientras buscas dentro de ti el valor para conocerla. Un baño de luz tipo coctelera me anuncia la presencia de la autoridad. Sé que voy a caer con los coño-de-su-pepa desde que escucho el acento de mamagüevo resentido del oficial –con lentes en la noche– me jodí, a lavar patrullas . fuuuuuuuuuuuckkk!

Además del olor de los bastardos, les escucho decir en su código policial “45, 45, 45… uno de ellos…, todavía con dentadura…”; demasiada demencia, me vienen a la memoria las canas y ojos del jefe de los piedreros, todos los otros se referían a el, demasiado loca la vaina, tristeza y firmeza en los ojos azules del canoso piedrero de treinta y tantos. Ya terminé mi patrulla, unas patadas en el culo, pintura en la ropa y me voy colina abajo para mi casa. Demasiado dolor para ocultarlo, no le digo nada a mi madre que me ve con ojos de virgen solitaria, me meto al baño y con el agua caliente me saco la vejación mientras dejo que mis lágrimas se mezclen lo que me echa el monstruo llorón del baño.

Al día siguiente de la aventura sobre cemento y asfalto, la calle me recibe de nuevo, ahora soy ciudadano de nuevo, estudiante. Hijo, con responsabilidades. El banco. Introducir la queja porque aparece un retiro que no se hizo en realidad. El gerente, ese coño de su madre no aparece ni de chiste. Espero media hora, con la sangre a más de cien grados me paro del despacho y me frena una mano que sujeta firme mi brazo. La cara es reconocida de inmediato, es mi compañero de limpieza vehicular.
Sus canas ahora acompañan a un traje raído en el cuello, no me reconoce. Introduzco la queja y él muy diligentemente soluciona el problema. Que vaina mas demente, es el piedrero oficinista seguro son vainas de chamo, ni de verga es 45, el líder de los crackies.

Han pasado las semanas y he sumado victorias en los muros, conejos que afean la ciudad, se ganan el espacio de “obras genuinas”, pero no he visitado la autopista mas elevada de la ciudad.

En una de locura y alcohol, paso en un automóvil a toda velocidad por el puente sobre las nubes. Una figura abandonada choca contra las luces y hace retroceder mi mente hasta el incidente con la policía, luego el banco. Sale de mis tórax, de mi hígado, del vapor de mis pensamientos, cuarenta y ciiiiiiiiiiinco. La sombra se voltea y señala hacia el cielo.

Mis amigos voltean y lo ven, se ríen y gritan en un ritual de repetición, “cuarenta y ciiiiiiiiinco”.

Las horas transcurren con pesadez, Dios nos ve despreocupado mientras nos embriagamos, cuatro jóvenes en un automóvil que no pueden pagar, la cultura occidental, donde todos deben lo que tienen y nadie es realmente dueño de nada. La propiedad es un acto simbólico, decir “mío” es tragar una ostia, ¿en verdad es ese el cuerpo de tu Dios? La locura se diluye a medida que nuestros cuerpos eliminan el alcohol de la sangre. Es hora de dormir. Se deslizan sobre sí las bisagras de mi puerta, un apartamento de renta controlada me recibe y en lo último que pienso antes de dormir es si en verdad era 45 el del banco y el caminante desolado que vi en el paseo vinatero que di con mis amigos.

Los pensamientos caen dentro de mi conciencia, gotas que están a punto de rebasar la capacidad de mi cordura, una jarra desgastada por la inseguridad y la sociedad que me forzó a pintarle conejos por no pintarle palomas. Fondeo la silueta del monstruoso conejo, y al delinearlo mis pensamientos se descubren, me concentro en el negro de mi corazón y al revisar lo que he hecho encuentro que todas mis creaciones se han acompañado de un 45. La locura me invade poco a poco, mientras no pase de mi pintura todo depinga.

La llamada de desgracia, mantener la cara de cuero mientras mi pecho está lleno de agua que trata de salirse por mis ojos. Rodrigo ha muerto, el piloto del automóvil en el que vi a 45 persiguiendo paciente a su propia sombra. Su hermano me dice que chocó, “un caucho explotó y perdió el control, que cagada se nos mató el flaco”.

Lleno de peso, con el traje de buzo fuera del mar de la normalidad. El funeral es puro dolor en tonos oscuros en el calor del día tropical, al examinar el libro de dedicatorias encuentro la amenaza convertida en caligrafía de colegiala, “la ruta es mía, el número también, para o te dejaré sin amigos”.

La amenaza me descontrola, no me pienso doblegar ante nadie. Compro noventa latas y salgo desde las nueve de la mañana a pintar toda la ciudad, a decirle a 45 que me voy a quedar con su nombre y que además no me da miedo lo que haga, que me sabe a culo lo que haga un maldito piedrero del infierno.

Las horas y las latas se vacían rápido, con impaciencia a la espera de la batalla. El sol ha caído y veo como mis pasos llevan mi cuerpo al cinturón de asfalto donde 45 es rey y yo el impostor que le va usurpar el mandato. De este a oeste y justo sobre la zona con nombre de mujer de castilla encuentro a mi oponente, lo veo acercarse como una tormenta de arena, no tengo armas, solo potes de spray y la arrechera infinita de saber que ese coño de su mierda mató a mi pana y me quiere dejar sin lo único que me distingue, hay dos 45 pero solo uno puede quedarse con el nombre.

Pinto sobre una columna a toda velocidad un conejo y lo corono con un 45 plateado, la luz de mi honor que resplandece para cegar a mi rival. Le hablo antes de verle a la cara:

— ¿Qué coño te pasa conmigo?

— Sabes que esa vaina de robarme el nombre no va pal’ baile.

— No creas que te lo voy a devolver, te jodiste chico, y además mataste a mi pana, que no tenía nada que ver con el peo.

— Me importa un carajo el noviecito tuyo, hoy vas a rodar, ¿sabes por qué me llaman 45?, porque cargo una en el pantalón cuando camino por mi zona.

Pasos nerviosos delatan mis intenciones. Veo el cromo de su pistola brillar, y quiero que el vea el mío por siempre, cromo plateado a sus ojos, se abalanza sobre mí y forcejeamos, su fuerza de ñocas logra llevarme al suelo donde rodamos haciendo pulso con la pistola. Suena el disparo sordo y siento la liquidez viscosa de la sangre, una risa maligna que se apaga. Bajo la vista para descubrir que la herida no es mía. He vencido, y he sido transformado en algo más despreciable que un animal, he matado a un semejante para quitarle dos números.

El día siguiente está lleno de llanto y desesperación… vaciar mi cuenta bancaria, pagar un pasaje a la península ibérica para huir por siempre y alejarme de mi familia, dejar a mi madre sola, y todo por dos números que, aunque mal habidos, pienso quedarme.

El banco, un espejismo, un espectro desaliñado me entrega la liquidación de mi cuenta, es 45 de nuevo, pero como yo sé que las ánimas son leyendas, lo he comprendido todo. Es el hermano gemelo de 45. Así lo confirmo cuando veo la tristeza y preocupación en los ojos azules de gerente. Los ojos del que me perseguirá en un futuro para cobrar venganza es la imagen que me ha seguido durante estos últimos cinco años en los que 45 ha pasado a de ser un dígito al sinónimo de arte en la tierra de los reyes y el salchichón. Vivo tiempo prestado mientras llegue el balazo de calibre 45 que lleve la operación matemática a cero.

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