Foto del Che por Alberto Korda. La Habana, 1959.

Objetos visuales: del aura al mito y de la razón a la ilusión


Humberto Valdivieso
Semiólogo y Curador. Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas

Por Humberto Valdivieso

El “aura” de un objeto estético, estimada hasta inicios del siglo XX como sustancia clave de su significación física y espiritual, desfalleció frente al vigor de la reproducción masiva. ¿Dónde reside entonces el valor de una pieza de diseño?

1.
Los adelantos tecnológicos ocurridos durante los siglos XIX y XX pusieron sobre la mesa de los pensadores, de los hombres de negocio, de los políticos e incluso del ciudadano común la urgencia de revisar una gran cantidad de conceptos, valores y usos que estaban evolucionando. Las máquinas —además de otros importantes factores— modificaron la relación del ser humano con su entorno y contribuyeron al auge de las masas. Desplazaron lo artesanal en función de lo seriado. De la confección manual el mundo dio un salto a la superproducción y al consumo ilimitado. Esto operó tanto en el ámbito de las manufacturas como en la elaboración y distribución de la información. Las ideas, los conceptos creativos y los medios expresivos también modificaron sus estrategias.

Degas: Bailarina con Poodle.

Tal vez, uno de los aspectos más relevantes fue que los discursos simbólicos dejaron de pertenecer exclusivamente a las élites. Los medios de comunicación social, la publicidad y, más adelante, la tecnología digital permitieron que los mensajes llegaran, por distintas vías, a todos en todas partes. Sin embargo, este proceso aparentemente utópico encerraba una distopia. La verdad, en el ámbito mediático, comenzó a convertirse en una especie de ficción arropada por el hiperrealismo de los medios. La fotografía, los sistemas de impresión, los ordenadores, la comunicación satelital, Internet, la telefonía, la radio, el cine y la televisión abrieron la caja de Pandora de los mensajes masivos. Incluso, las bellas artes terminaron adoptando los usos y lenguajes de estas nuevas tecnologías de la información.

Franela de Logoshirt.

Desde la influencia de la fotografía en los cuadros de Degas hasta las nuevas vanguardias digitales —llamadas en su conjunto Media Art—, el valor de la imagen como objeto cambió. Tanto así que hoy, en el siglo XXI, la reproducción seriada de mensajes icónicos pueden llegar a tener mayor valor cultural que una obra hecha a mano e irrepetible. O, desde otra perspectiva, la digitalización de una obra de arte y su impresión en alta resolución pueden ofrecernos otro original.

¿Dónde queda, entonces, el peso del objeto único? ¿Qué importancia sigue tendiendo en la cultura aquello considerado irrepetible? Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la era de su reproducción tecnológica escrito en 1936 se lamenta del destino —en la contemporaneidad— de lo que había sido considerado como “original” en el arte. Es decir, de aquel objeto irrepetible trabajado por las manos diestras de algún artista.

Philippe Starck: Lighting table.

En el mundo pre-industrial podía hablarse del “aura” de las cosas. De aquello que, en palabras de Benjamin, representaba para el objeto la “manifestación irrepetible de una lejanía”. La conexión de un determinado cuerpo con su evento creativo primordial. Su posibilidad de estar inscrito en una tradición. Eso que la “era de la reproducción técnica” alejó de las formas expresivas.

En su reflexión encontramos, además de una perspectiva conceptual, el reflejo de un cambio histórico e inevitable. Él estaba escribiendo en los albores de la postmodernidad. Entendía el arte aún desde los parámetros del pensamiento moderno. Añoraba al objeto como esencial y único cuando eso ya no era posible.

2.
Actualmente, el valor de las propuestas visuales radica en la posibilidad de ser reproducidas masivamente. La estructura operativa del mundo de la impresión está pensada para abaratar costos en tanto crezca el volumen. La televisión es viable sólo si llega a multitudes. La publicidad nace con las masas. Un objeto cultural, hoy, es valioso en tanto catalogado y global. Inclusive las artes plásticas están determinadas por estos parámetros. No obstante, el diseño contemporáneo, la fotografía y el cine son hijos legítimos de esta vorágine técnica.

Álvaro Sotillo: Diccionario de Historia de Venezuela.

Lo gráfico, lo industrial y la moda son disciplinas que nacieron alejadas del problema del “aura” del objeto. No existe un cartel original, una silla, un zapato o un libro. No puede haberlo pues son producidos en serie. Inclusive, la imagen de determinadas personalidades es un artículo de consumo. No importa el lugar que ocupen sus ideas o acciones en un determinado contexto histórico; ciertos hombres y mujeres pasan a ser iconos comerciales. El Ché Guevara vende franelas, Ronaldo zapatos y Donald Trump es capaz de promover, como imagen, al mismo concepto del mercadeo contemporáneo.

Santiago Pol: Homenaje a Johannes Gutenberg.

3.
A todas estas, cabría preguntarse, ¿si una pieza de diseño es efímera y no tiene el “aura” de la tradición, dónde reside su valor cultural? Pudiésemos decir que, entre otros aspectos, en su capacidad de construir el imaginario popular contemporáneo. En transformar, a través de la imagen, al colectivo.

Diseño es concepto y desarrollo orgánico. Asociación de ideas y técnicas. De ahí deriva la efectividad de una imagen. No de la reproducción, ni del valor espiritual del objeto. De otra forma tendríamos comunicación pero no comunicador.

Un objeto visual en el siglo XXI no es la obra de un hombre sino el resultado de un proceso de producción donde intervienen varios factores: el discurso masivo y su capacidad de componer los espacios urbanos, las corporaciones y sus manufacturas, las ideas de los creativos y su mitificación de la realidad, y la síntesis gráfica del diseñador. A veces, algunos de estos factores conviven en la misma persona. Aún así continúa siendo una cadena de producción. Todo artículo, así concebido, deriva en una posterior imagen-mito y pasa a formar parte del mercado internacional.

La ilusión visual superó, en el mundo de la tecnología, al fetiche del objeto. Sin embargo, el objeto transporta el valor de la ilusión. Es ahí donde está el “aura” de la imagen contemporánea. Es ahí donde permanece su tradición e incluso su verdad. Esto no quiere decir que toda pieza haya sido creada con estas bondades. Y es justamente por ello que podemos medir la efectividad de un producto con respecto a otro.

Una iMac tiene concepto y vende ilusión. Refiere al usuario a determinados cánones culturales: vanguardia, eclecticismo y moda entre otros. Hay unidad en su propuesta y hay referencia a una tradición estética. Cumple, en tanto artefacto, una misión similar a otros ordenadores y aún así lo identificamos como diferente. Igual sucede con una lámpara de Philippe Starck, un libro de Álvaro Sotillo o un cartel de Santiago Pol. Ahora bien, ninguna de estas piezas pueden venderse —por lo menos en lo inmediato— en millones de dólares. Nadie va a celebrarlas como individualidad. Todas son efímeras, desechables o bien forman parte de una gran serie. Incluso, no es siempre el diseño quien le otorga su valor comercial. Generalmente es la marca o en el caso del libro el autor. Sin embargo, encontramos en cada una de ellas belleza. No sólo por su principio estético o su estructura formal, sino por la eficacia de su discurso; por capacidad de constituirse en mito. De crear, en los espacios artificiales del ser humano contemporáneo, una inútil pero alocada ilusión.

Derechos Reservados © Humberto Valdivieso 2006